Entrevista APD. Febrero 2013

Miguel Conde: “Cuando el low cost es el mal”

Lo que antes comprábamos (mayoritariamente a crédito) ya no lo podemos comprar (porque no nos dan crédito), nos asustamos, intentamos ahorrar , recortamos de aquí y de allá… y ¡voilá! Encontramos un atajo: las low cost, las marcas blancas, los outlets, que nos permiten hacer casi lo mismo, gastando menos. Pero… ¿son realmente la solución? Convirtámonos en knowcosters para saberlo con certeza.


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¿Podemos consumir cada vez más productos low cost sin dañar de forma irreversible el modelo social?
La sociedad que consume productos que le resulta imposible producir, se convierte en una sociedad imposible.
¿Podemos los seres humanos actuar colectivamente en contra de nuestros intereses, y hacerlo masiva y frenéticamente?
La falta de confianza da paso al miedo, y el miedo da paso al pánico. Cuando el pánico se apodera del sentimiento colectivo, las personas corremos alocadamente buscando una puerta de salida: esa puerta, en la situación actual, son los productos low cost, el low cost salvaje.
¿Podemos vender low cost sin producir low cost?
No. Esa es la clave de bóveda de la construcción de la lógica “lowcoster”: bajos costes de producción, lo que equivale a menos salarios o salarios más bajos. Esto trae consigo menos costes sociales, menos empleos…
¿Podemos pensar que al progreso “le sobran las personas”?
Sí, en gran medida. La palabra “eficiencia” encierra un yin y un yang inquietante. Por un lado se supone que, gracias a nuestras facultades, hacemos lo mismo con menos costes, lo cual es un gran triunfo de la inteligencia. Y por otro, supone que gracias a las máquinas hacemos lo mismo con menor factor humano por cada unidad producida, lo cual es un fracaso de la inteligencia (no deja de ser preocupante que esto ocurra en un planeta donde la población se ha duplicado en los últimos 50 años, y va camino de volver a hacerlo).
¿Pueden los mercados con alta presencia low cost no tender al monopolio?
No. Las economías de escala fomentan la concentración. Cuanto más grandes son las series producidas, menos costes marginales, y por lo tanto menor precio final. Y para eso se necesitan grandes inversiones: maquinaria, I+D… En definitiva, grandes necesidades de capital, lo que le da a este más importancia como factor económico y hace que Mr. Scrooge vuelva a las andadas… La concentración tiende al monopolio y este al abuso, a la falta de libertad, a la asignación arbitraria de precios…
¿Podemos votar cada cuatro años por unas cosas, y votar cada día por todo lo contrario?
De nada sirve votar cada cuatro años por mayor protección social, mejores condiciones del trabajo, más y mejores atenciones sanitarias, más vacaciones… si cada día, a través de nuestro consumo, estamos votando por salarios más bajos, menos protecciones sanitarias, menos derechos, más horas de trabajo… En efecto, cuando consumimos, votamos.
¿Podemos pedir un ejercicio de estilo de natación a alguien que se está ahogando?
No. Cuando alguien se encuentra económicamente en una situación límite, cualquier ahorro es poco. Pero la gente que no está en esa situación no debe exhibir y sacralizar determinadas conductas porque acaban creando cultura; el comportamiento social se rige en gran medida por la figura del modelo, del referente a seguir, y si estos alardean de comprar productos low cost, generan una “estética” positiva alrededor de un fenómeno destructivo: si pueden, deben gastar. La neoburguesía no puede ser premiada por ser hipócrita. Que gasten. Es lo mejor que pueden hacer. Y si consumen productos que respeten el modelo social y son knowcosters, mejor que mejor.
¿Podemos dejar de valorar las buenas prácticas de empresas que tanto ha costado conseguir?
No debemos. No caigamos en el “eslomismo”, porque ahí basa su energía el low cost, en plantearnos un dilema falso: “¿Vas a pagar más por lo mismo? Si “eslomismo…” nos responden. Pero preguntémonos, en el supuesto caso de que todas las características del producto fuesen idénticas (cosa nada probable): “¿”Eslomismo” respetar unas condiciones laborales, crear un buen lugar de trabajo, respetar el medio ambiente, crear riqueza que provocar lo contrario?…” El “eslomismo” es al mercado lo que la bomba atómica es a la guerra.
¿Son low cost todos los productos de precios bajos?
No. Está claro cuáles son: Aquellos con unos diferenciales precio difícilmente justificables y que, como les gusta manifestar, “revientan el mercado”, basando su precio en producir sin respetar las mismas reglas del juego a los que otros se ven sujetos. Pero en ocasiones, un precio bajo es consecuencia de la proximidad al centro de producción, una idea o innovación que permite ser más competitivo. El problema no es si es barato o es caro. El problema es por qué es barato. Y si esa baratura degrada o no nuestro Estado del Bienestar o nuestro planeta. Me gustaría hablar desde la perspectiva Knowcoster de algunos productos “caros” o de lujo. Y hacerlo para decirles que francamente no entiendo como productos con precios premium son producidos en economías con cuestionables entornos laborales o condiciones sociales. ¿Realmente piensan que en un bolso que se vende a 3.000€ es decisivo ahorrarse 100€ en su fabricación? ¿Creen que venderían un solo bolso menos por marcar un PVP de 3.100€? Me resulta incomprensible y creo que es un error monumental, como también el hecho de que algunos ordenadores con un precio sustancialmente por encima de sus competidores sean vendidos en una tienda online que aparentemente pertenece a mi sistema, al de mi estado (idioma, planteamiento…) y sin embargo en ningún sitio se me informe de que en realidad estoy comprando en Irlanda, generando empleo en Irlanda y en definitiva, drenando la capacidad de financiación del Estado de Bienestar. El low cost fiscal es también el mal.
¿Todos los productos low cost son “el mal”? ¿Quién debe decidirlo?
No. Insistimos: la clase es cómo consigue ser así de barato. La decisión debe tomarla el consumidor, comprando con la misma libertad de siempre, pero sabiendo. Teniendo información de lo que realmente paga, de forma directa o indirecta, al elegir un producto.
¿Pueden las marcas dar información clave para que el consumidor añada elementos de valoración a su decisión de compra?
Sí, por supuesto: haciendo valer en sus discursos de marca y productos los aspectos de los que se siente orgullosos y que el consumidor deba conocer. Y más aún, llevando a cabo la propuesta knowcoster del “TRIPLE MARCAJE” para que, en el momento de la verdad, de la decisión de compra, encontremos junto a la etiqueta clásica de PVP otras dos que nos informen de lo que realmente pagamos en COSTE ESTADO BIENESTAR y en COSTE PLANETA. Porque no nos engañemos: estos costes los pagamos… ¡Vaya que si los pagamos!
¿Podemos pensar que no hay nada que hacer, que el imperio del low cost es irreversible?
No. Yo no lo hago, aunque hay mucha gente que parece haber descubierto una mutación en la especie humana, y del homo sapiens cree que hemos pasado al homo “cheaper”: un ser que solo atiende a la baratura como estímulo y que no piensa en nadie más que en él mismo ni valora nada más que el ahorro. Pero, insisto: creo que seguimos siendo el homo sapiens. Y tenemos que ser más sapiens que nunca.
PUBLICACIÓN ORIGINAL: http://www.apd.es/contenido/revista/REVISTAAPD-pg_40-42.pdf


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